miércoles, 2 de noviembre de 2011

Entre las sábanas, claro.

Verte.
Abrir los ojos y verte en mi cama
bajo estas sábanas
rojas como las tuyas.
Qué hacer con ese rojo?
2 juegos de sábanas separadas.
Dónde están las camas?

Estarás tú debajo de estas sábanas cuando despierte?
Camuflarás el rojo de tu piel con el rojo de mis labios, lo rosado de mis mejillas y lo bordeaux de mis sábanas?
Sabes que estás con mi inconsciente ahora.

Mientras yo escribo
Tú estas ahí acostado
al lado mío, dormido.
Medio dormido.
Leyendo esto.
Pues esto soy yo. Y mi inconsciente recibiendo tus caricias a larga distancia. Puedo sentir tus pies fríos rozando los míos. Dormiríamos acurrucados pero tu hombro es muy alto y me lastima el cuello y como si siguiéramos juntos, tú estás de espaldas a mí, semi dormido.

Me doy vuelta y te toco el brazo y siento esos pequeños granitos que tienes en la parte alta y de atrás de ellos. y los amo. y tu piensas que me olvidé de tu cuerpo, pero aquí estás y
aunque no pueda voltear,
siento tu cuerpo durmiendo conmigo del otro lado de la cama,
generando calor,
rozándome con tus pies.
Estamos los dos aquí. Aquí en nuestros túneles.
Es donde nos desconectamos de lo circunstancial,
donde nos salimos del mundo y estamos juntos. Dormimos juntos.
Todas las noche duermes en mi cama.

Te siento en la vigilia
y en el sueño te veo.

martes, 11 de octubre de 2011

Milonga

La sensualidad de la música y los pasos la hacen perderse. Perderse en el mejor sentido de la palabra; perder esa parte de ella que la estaba haciendo quedarse sentada esperando, sin tomar acción alguna.

Se dice que uno de los conceptos centrales de la racionalización es la adecuación medios-fines. Bajo esta concepción, años estuvo comportándose irracionalmente. Separando en ritmo exponencial sus sueños de su realidad.

Sin embargo, al juntar en un movimiento cierta pasión y ternura, ella recibe las caricias con alegría, riendo y dejando que sus brazos vayan a donde mueren por ir: rodeando los hombros del extraño.

Anagrama de Barcelona - versión cursi.

Lo conoció en año nuevo. Era una hermosa noche de invierno en el hemisferio norte, más cálida que las demás. A pesar de la fiesta, el aire olía a tranquilidad. Todavía no entiende por qué se lo presentaron; ella tenía novio y ninguna intención de ponerlo celoso. Después de un rato de conversación pretenciosa, decidió que trataría de volver a comunicarse con él de alguna manera, pues con novio y todo, seguía siendo consciente de que en la vida las oportunidades de conocer gente interesante escasean. O al menos se engañó a sí misma pensando que ésta era la razón.
A pesar de no lograr comunicarse, volvieron a encontrarse de pura casualidad. Si quisiéramos que éste fuera un cuento romántico muy cliché, diríamos que fue gracias al destino. Pero no, simplemente tenían varios amigos en común y frecuentaban los mismos lugares, como suele pasar en la cotidianeidad.
Esta segunda vez, volvieron a terminar la noche charlando y discutiendo durante horas sobre nimiedades, que por alguna razón les resultó entretenido. Fue creciendo de a poco la tentación en sus bocas, pero el disimulo era imprescindible.
La historia se desarrolló como cualquiera imaginaría. Ella dejó al novio, dramatizaron, se enamoraron, dramatizaron un poco más, y se separaron. Lo que interesa aquí no es el desarrollo de la historia, sino los detalles que la hacen- no exquisita, pero algo por el estilo.
(1)
Rebeca era una de las tantas chicas que suelen enamorarse de hombres que no las valoran. Sus relaciones pasadas, incluyendo la de su último novio, habían tenido siempre esta dinámica; y cuando no, Rebeca las vivía como una extranjera, alguien que no está inserto en aquél vínculo.
– Se nota que sabes amar, Rebeca, pero hay algo de las relaciones sobre lo que te falta mucho por aprender. Yo creo que este chico, Carlos, llegó a tu vida para enseñarte lo que es ser amada.– le dijo su psiquiatra. Carlos se convirtió, dentro del entendimiento de Rebeca, en una deliciosa droga adictiva, perfectamente legal y segura, ya que había sido explícitamente recetada por su doctor.
(2)
Una noche estaban ambos sentados sobre su cama. Ella decidió que él merecía leer algún texto, talvez alguna carta de las que había escrito en su adolescencia. Talvez mostrarle un poco de su interior. Él descubrió algo que jamás se hubiera imaginado sobre ella. Era una romántica incurable. Ella y sus cartas de amor desnudas frente a él. Eso fue lo que le hizo dar el paso definitorio, el paso que cruzaba la línea entre la atracción y el enamoramiento.
En ese momento se le escapó una lágrima. Ella se acercó, acarició su mejilla con el pulgar, robándole la gota de agua salada, y se la metió en la boca, como si en esa gota estuviera contenido todo el amor que pudiera sentir alguna vez él por ella, y ella lo quisiera capturar dentro de su cuerpo para siempre. Pero él se sentía ultrajado por este acto, y por su supuesto que se lo reprocharía más tarde.
(3)
Otro día, inesperadamente, le llegó a ella una postal desde Alemania, con imágenes de aviones, sabiendo él cuánto odiaba ella esas máquinas. Ese morboso sentido del humor la hacía reírse de todos sus chistes, incluso los más necrófilos. Después de un tiempo de estar saliendo descubrió que algunas de esas cosas que él bromeaba con disfrutar no eran tanto chistes, sino realidades excéntricas.
(4)
En un taller de escritura le dieron la consigna de realizar varios anagramas con la palabra Barcelona, sin necesidad de contener todas las letras, y armar con ellos un cuento. Ella trató de pensar en un relato que involucrara una leona, una lora, una barca, una lona, un bar, caber, cebar, celar. Se le ocurrió que los dos elementos más complicadas de meter en un cuento que no tenga como escenario una selva ni un zoológico, los podía encontrar en la historia de Carlos; que casualmente era la que más necesitaba relatar. La leona en una postal llegada de Sudáfrica y la lora que tenía él en su casa le dieron la excusa perfecta.
(5)
En cuanto a la barca, logró insertarla en el cuento como elemento de una metáfora, que le quedó, a los ojos de sus amigos, bastante linda:
“Meses después, habiendo pasado por idas y vueltas y caminos retorcidos, ella se pregunta si la barca de su relación tenía desde el principio un agujero por donde estuvo entrando agua todo ese tiempo, o si ella la dañó en un movimiento torpe, o si él había estado rascando el fondo para escapar; sin darse cuenta de que una vez que el agua se dejara entrar, no había forma de salir nadando.”
(6)
Él utilizó el drama entre ellos como motor creativo para una canción. Una de las canciones más tristes que grabaría su banda. Y a pesar de no ser una canción amorosa, a pesar de que la hizo quedar bastante mal parada, ella disfruta presumiéndola, siendo la mejor canción que alguien le haya escrito. Un tiempo después se arrepentiría de su fascinación por los músicos, ya que las canciones terminaron provocándole más tristeza que orgullo.
En conclusión, el desarrollo de las historias amorosas no es lo que importa, pues casi todas recorren los mismos lugares, atracción, enamoramiento, drama, desencuentro, rompimientos, despecho, traición, etc. Pero son los detalles que se encuentran en el recorrido, el paisaje que adorna el camino, lo que las distingue y las embellece. Después de todo, lo único valioso que obtuvieron de aquí fue la poesía de la historia que les inspiró una canción a él y un cuento a ella.

martes, 5 de julio de 2011

Encuentro creativo

Tras la experiencia estresante de estar en el bar de un autolavado con hilos de historias creativas posibles y ningún papel donde anotarlas, con esa cuerda de inspiración arrojada a mi y yo sin manos para tomarla, decidí pues ir al Club a trabajar en mis textitos. No cualquier club, el Club Náutico de San Isidro, uno de los clubs más aristocráticos de Buenos Aires. Aunque, qué es la aristocracia el día de hoy? Concepto de discutible aplicación, y que debería ser problematizado, opinaría quizás Bourdieu.
Lo gracioso es que el Che Guevara era socio de este club, y, francamente, si yo manejara un club con la ex pertenencia de una celebridad como ésta, pondría de lado la ideología y le haría algún tipo de homenaje, por más pequeño que fuera, dentro de las instalaciones. Aunque sea una fotito de 7x10, mínima. Sólo por formar parte del pequeño puñado de celebridades que son conocidas en todos los países de mundo.
El punto es que vine al Club a trabajar en mi escritura y creatividad (si es que está por ahí en algún lugar), y me encontré allí con un experto en la última, mi tío y padrino. Él en su trabajo, yo en el mío, cada quien con su computadora, compartimos unos cuarenta minutos de una mesa del bar central, durante los cuales mis dedos fluyeron a través del teclado y me sentí en una extraña tranquilidad permisiva.
En cuanto se levanta y se va hacia las canchas de tenis, donde se encuentra con mis otros tíos para jugar un par de partidos todos los viernes, se lleva mi hilo de pensamiento, mi equilibrio mental y mi paciencia para llevar a cabo el esfuerzo de pulir un texto que tenía ahí colgado. Me quedé en el aire.

jueves, 30 de junio de 2011

La larga distancia

En la normalidad de las situaciones, cuando una relación social se termina, no desaparece. Sólo termina. Residuos quedan y se renuevan cada vez que las personas se vuelven a encontrar por una cuestión de azar. La relación que termina no desaparece, se transforma en otro tipo de relación.
Cuando uno se va del país, ahí sí desaparece. Las relaciones, las que terminan y las que no, desaparecen en parte. No las ves, no las sientes, no las hueles. Las personas se transforman en fantasmas de ilusión. Se disuelven en la idea que tenemos de ellas, ambigua, y probablemente divinizada, ... o, en algunos casos, satanizada.

miércoles, 18 de mayo de 2011

O no.

Me desperté con la alarma. Estaba soñando algo increíble, pero ya no recuerdo qué era. Me costó terminar de despegar los bordes de los párpados para poder abrir los ojos, estaba muy cansada. Me paro al lado de la cama y me mareo, me doy cuenta de que no he comida nada en demasiadas horas. Camino medio insegura hasta la cocina, meto la cabeza en la heladera y la encuentro totalmente vacía.
Regreso al cuarto, pero no entro. Me quedo en el marco de la puerta y te grito en silencio. ¿Qué soy, tu mucama? ¿No sos capaz de comprar comida?
¿Y sabés qué es lo peor? que si yo dejo esto así y no hago nada, vos no vas a mover un puto pelo para cambiarlo. Eso es lo que me da bronca.
A ver si lográs darte cuenta.
Ojalá hubiera podido gritarlo hacia afuera. Tal vez hubiera logrado provocar algún tipo de reacción. No sé si algún día quiera volver, son demasiadas las cosas que hacés y no hacés que me provocan arrancarte las pestañas, pero no quiero hablar de eso.

lunes, 16 de mayo de 2011

Intento de cuento de terror: La casa de enfrente.

“Tú estás en mi sangre como vino sagrado”.

Joni Mitchel

Se oía de todo. Más de tres especies de pájaros, los autos que pasaban por las calles de la esquina, de vez en cuando un avión. Por la tarde de los días de semana, se oían también los chicos que salían del colegio de enfrente; mínimo tres veces por semana se andaban peleando, chicas agarrándose de los pelos, arañazos…

Lo que quiero decir es que su ventana daba a la calle y esto la convertía en una chismosa involuntaria. Tan cerca se oía todo, que a veces podía percibir los pasos del perro del vecino, que con las patas hacía crujir las hojas otoñales de la vereda. Al asomarse veía sólo al perro, ya que la mayor parte de la reja que daba a la acera estaba cubierta por una chapa; esta información, por cierto, era suficiente para saber dónde vivía el vecino que traía al perro a hacer sus necesidades en la banqueta de Sofía… Pero esa es otra historia. El asunto es que la ventana de su cuarto daba a la reja que daba a la vereda y se escuchaba todo desde su cama como si ella durmiera afuera.

Una tarde, entre todo ese ruido, escuchó una voz rasposa, que le susurró: “Ya sé que estás escuchando”. Levantó la cabeza, asomándose a la ventana, y pudo ver sólo las piernas de un hombre, vestido de pantalones y zapatos negros. Se imaginó a sí misma en una película de terror y cómo en ése momento harían una toma de su piel de gallina y su cara de ojos y boca agigantados tres veces su tamaño normal. Su sistema circulatorio se puso en huelga. Le dejó de llegar sangre a la cabeza, así que se desmayó.

Cuando se despertó ya se había olvidado de la voz y, como se desmayó en su cama, pensó que se estaba despertando de una siesta nomás. Lo ocurrido se borró de su mente completamente y así permaneció por algunas semanas, hasta que volvió a suceder, y de pronto le volvió el recuerdo completo. Esta vez la voz le dijo: “Sabemos que estás escuchando, Sofía.” Se volvió una escultura de mármol ahí unos minutos, pero no se desmayó.

Siempre se había dicho a sí misma que el día que le pasara algo raro, no iba a hacer como las taradas de las películas que van hacia donde estaba el peligro. Pero una vez ahí… la tentación… Supuso que es como el vértigo, que siente uno la inclinación a tirarse. Así que no lo pudo evitar. Se levantó despacio, asomando la cabeza por la ventana, para encontrar los mismos pantalones y los mismos zapatos negros… pero si era un solo señor, ¿por qué hablaba en plural? ¿Estaba loco? ¿Había más como él? ¿Como él? … ¿Cómo era él?

Sofía sale de su cuarto sin hacer ruido, se dirige a la puerta de la casa. Por la ventana de la entrada echa un vistazo, no sea cosa que en realidad era todo un plan para secuestrarla o entrar a robar la casa, y hubiera un par de monos afuera esperándola con pistolas o palos y bolsas de basura, ya habiéndole tirado un anzuelo para que saliera.

No había nadie, y eran las 4 de la tarde. Nadie se arriesgaría a hacer un movimiento así de grande a plena luz del día. Así que salió y miró hacia donde debería estar este señor, que por supuesto ya no estaba, porque sino esta historia se terminaría acá. Pero dio vuelta la cabeza y ahí lo vio, del otro lado de la calle, metiéndose a la casa de enfrente, la que estaba al lado del colegio. O bueno, al menos parecía ser el mismo señor, pues toda su vestimenta era negra, como había visto del otro lado de la reja. Esta vez no vio su cara tampoco, sólo su espalda mientras se desaparecía atrás de la puerta.

Sofía miró a su alrededor, había una parejita de adolescentes sentados en un banco al lado de la escuela, una señora en la otra calle cargando más bolsas de supermercado de las que su cuerpo soportaba, se escuchaban unos perros ladrando en alguno de los patios de la otra cuadra, el colectivo que pasaba por la esquina estaba a punto de llegar y había un anciano esperándolo. Todo parecía un día normal, no había nada escalofriante en el ambiente. Era primavera y el sol hacía brillar las hojas de los árboles y daba calorcito agradable al cuerpo. Ante la apariencia inofensiva del momento, se animó a acercarse a la puerta detrás de la que se escondía el misterioso hombre. Era una casa sin mucho chiste, blanca, con una puerta de madera, un par de plantas en el patio delantero, nada que la hiciera resaltar del resto del barrio. No se escuchaba nada, daba la sensación de estar vacía. Sofía, como bien educada que es, toca la puerta antes que nada.

No tenía idea de qué llegaría a decirle al señor misterioso o cualquier persona que abriera la puerta, se moriría de vergüenza y capaz de miedo al tener que enfrentar a la voz tenebrosa cara a cara. Pero tenía el presentimiento de que nadie le abriría la puerta, así que se arriesgó. Después de esperar 5 minutos, se aburrió y decidió asomarse a la ventana que daba hacia adentro. No había nada. Nada, ni un mueble, un sillón, nada. ¿Nadie vivía ahí? Pero las macetas de afuera parecían ser regadas y cuidadas muy seguido… No había cartel de venta o alquiler… Siempre pensó que vivía alguien allí… Estaba por darse vuelta y regresar a su casa cuando vio una figura atravesar la habitación. Se sobresaltó, puesto que ya no esperaba ver algo y menos algo así: una persona cubierta de pies a cabeza en algo así como una capa larga negra con capucha roja. Parecía un Jedi del infierno.

Regresa la figura al medio de la habitación, esta vez acompañada de otra. Por la altura de los sujetos, parecían ser hombres los dos, probablemente uno sería el que la había venido a buscar. Se paran uno enfrente del otro, uno con un cuchillo, Sofía se está empezando a asustar por más soleado que sea el día y se quiere volver a su casa, pero ya no puede, la intriga es demasiada, tiene que seguir mirando, no puede sacarles los ojos de encima. El otro esta sosteniendo una copa de vino medio vacía. Sofía ve como caen varias gotas de sangre dentro de la copa. Dejan que se mezcle con el vino. A Sofía se le para el corazón y aunque no puede voltear hacia ningún otro lado, de reojo se da cuenta de que el día ya no esta tan soleado, y que la calle está ahora muy silenciosa y… ve que los sujetos se toman el vino y la sangre de la copa y luego se besan. Se aleja por fin de la ventana, pero es de noche, se da vuelta y la niebla del ambiente es tan, tan espesa que apenas y ve la reja su casa que está a 20 metros. Avanza corriendo hacia ahí para darse cuenta de que ya no es su casa, está pintada de otro color, ¿qué está pasando?

Abre los ojos y está en su cama, se asoma a la ventana y ve unos pantalones y zapatos negros alejándose de la reja.

A Ivan

Tus labios siempre me habían provocado intriga, Iván. Un día, hace muchos años, caminando a la salida de la escuela, te lo iba a decir, pero me moría de vergüenza, así que callé. Unos meses después te pusiste de novio con Adriana, y dí por perdida mi oportunidad.

Jorge es un buen chico, vos sabías que lo es. Sabías que no fue a propósito, sabías que él te quería. De cualquier manera compraste el arma y te la llevaste en el micro. ¿Qué pretendías?

Cuando llegamos todos al cuarto del hotel, Jorge se estaba riendo de un chiste que yo le había contado. No tenía nada que ver con vos. Te volviste loco y te le tiraste encima. Te levantaste la remera y vimos que estabas sacando el arma. Jorge estaba pálido y llorando. Hasta el día de hoy no puede decir tu nombre sin que se le haga el nudo de culpa en la garganta.

Tomás, Juan y yo te logramos agarrar de los brazos y arrastrarte hasta un rincón de la habitación. No pusiste resistencia; sólo querías expresar tu dolor, no querías lastimar a nadie. Una vez que logramos calmarte, Adri salió corriendo, escapando del horror. Te abracé, te miré a los ojos y vos sabías perfectamente bien lo que estaba pensando, sabías que te entendía. Cuando nadie miraba, comprobé lo que siempre había intuido, que tus labios eran los más suaves y dulces del mundo. Después de mirarme un rato te levantaste y te fuiste. Pensaste que te tenía lástima. Te encerraste en la otra habitación diciendo que querías que te dejáramos solo; y porque te respetamos, lo hicimos. Porque sabíamos que estabas en un momento difícil y que aunque vos querías echarle toda la culpa a Jorge, eras consciente de lo accidental del asunto.

Los demás nos quedamos en el cuarto. Consolándonos del susto. Tranquilizándonos con pensamientos positivos. Nos habías dejado el arma, así que quién se hubiera imaginado. Al par de horas te tocamos la puerta y no respondías. Supusimos que estabas enojado o avergonzado, les dije a todos que se fueran, que por ahí si era una sola me abrirías. Sabiendo cuánto te amaba, me abrirías; me abrirías y no me hubieras dejado encontrarte ahorcado, colgando del techo, con el cuerpo todavía tibio.

martes, 3 de mayo de 2011

Infección.

La nostalgia me va a matar. Es como un veneno contagioso. Un contagio no interpersonal, sino intrapersonal. Pequeños pedazos infectados de nostalgia contagian otros que estaban intactos, estériles, y así se va distribuyendo la enfermedad por todo mi ser.

sábado, 16 de abril de 2011

This is me, not being careful.

Todos aquéllos entes que no han llegado a su plenitud ontológica están destinados a permanecer, de manera incompleta, pero eterna, en existencia. No pasan de moda, persisten; tal vez a causa de su propia semi existencia frustrada.
En la noche el inconsciente nos traiciona y cuando la memoria onírica es tan fuerte, es difícil de negar. Y aunque la capacidad de eliminar el recuerdo sea fuerte, está todavía por decidirse si es esa mi voluntad.
Un pequeño error y mi corazón se detiene en un sobresalto. Un paso en falso, un paso fuera del camino y ya todo se tambalea y me tiemblan las manos y mis entrañas se retuercen rogando en silencio tu presencia; la cual de ninguna manera las calmaría.

martes, 12 de abril de 2011

Anagrama de Barcelona

Lo conoció en año nuevo. Era una hermosa noche de invierno en el hemisferio norte, más cálida que las demás. A pesar de la fiesta, el aire olía a tranquilidad. Todavía no entiende por qué se lo presentaron; ella tenía novio y ninguna intención de quererlo celar. Después de un rato de conversación pretenciosa, decidió que trataría de volver a comunicarse con él de alguna manera, pues con novio y todo, seguía siendo consciente de que en la vida las oportunidades de conocer gente interesante escasean. O al menos se engañó a sí misma pensando que ésta era la razón.

A pesar de no lograr comunicarse, volvieron a encontrarse de pura casualidad. Si quisiéramos que éste fuera un cuento romántico muy cliché, implicaríamos que fue gracias al destino. Pero no, simplemente tenían varios amigos en común y frecuentaban los mismos lugares, como suele pasar en la cotidianeidad.

Esta segunda vez, volvieron a terminar la noche charlando y discutiendo durantes horas sobre nimiedades, que por alguna razón les resultó entretenido. Fue creciendo de a poco la tentación en sus bocas, pero el disimulo era imprescindible.

La historia se desarrolló como cualquiera imaginaría. Ella dejó al novio, dramatizaron, se enamoraron, dramatizaron un poco más, y se separaron. Lo que interesa aquí no es el desarrollo de la historia, sino los detalles que la hacen… no exquisita, pero algo por el estilo. Como que el psiquiatra le hubiera dicho a Rebecca que Carlos había llegado a su vida para enseñarle lo que es ser amada. O las horas que pasaron riendo en casa de Carlos, siendo testigos de la curiosa relación que mantenían su perro y su lora. O que ella le escribió un poema que le hizo escapar una lágrima, la cual ella se comió, cosa que él le reprocharía más tarde. O que un día, inesperadamente, le llegó a ella una postal de desde Sudáfrica, con la foto de una leona lamiendo a su cachorro; y más tarde una desde Alemania, con imágenes de aviones, sabiendo él cuánto odiaba ella esas máquinas. Tenía un sentido del humor particular.

Meses después, habiendo pasado por idas y vueltas y caminos retorcidos, ella se pregunta si la barca de su relación tenía desde el principio un agujero por donde estuvo entrando agua todo ese tiempo, o si ella la dañó en un movimiento torpe, o si él había estado rascando el fondo para escapar; sin darse cuenta de que una vez que el agua se dejara entrar, no había forma de salir nadando.

De cualquier manera, ya no queda nada más que las estúpidas metáforas que pueda inventar al respecto, inspiradas en la vista al río desde aquél parque, al que acude todos los domingos con su lona y un mate, para terminar la semana aireadamente.

domingo, 10 de abril de 2011

Rebecca

Está en una playa en Sudáfrica, el aire es tibio y el atardecer allí colorea el cielo de un millón de tonos. El agua de mar parece de río y le llega a la cintura. Medio segundo después está acostada y se da cuenta de que la humedad que siente proviene de su propio sudor. Con mucha maña y movimientos espásticos mueve las piernas empapadas, logrando quitarse el plumón de encima.
Sin abrir los ojos es consciente de que volvió a su cama. A ese cuarto vacío como de hotel. Pero de su piel para adentro hay tanta densidad de pensamientos, sentimientos, impresiones, que casi no se puede estar.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Corriéndole el pelo, pasando mi mano por su mejilla, se le escapó una lágrima; se la robé y la guardé en mi boca.
Llega la noche y nos oscurece el interior. Las luces de la calle nos confunden y se mezclan entre sí. Los bordes de las cosas se vuelven difusos. Todo se convierte borroso, hacia dentro y hacia fuera. Nos inunda el miedo y nuestros corazones se petrifican, congelados.

miércoles, 9 de marzo de 2011

expats' kids

Ir hasta el otro mundo se transforma en algo obligatorio y reglamentado; no porque la gente le reclame que vaya, sino porque es necesario ir a ver que el universo paralelo sigue ahí. Que las calles, los cafés y los parques siguen estando en el lugar donde los conoció.
Pasar mucho tiempo en uno de los dos cosmos provoca que en su mente el otro se vuelva difuso, se diluya, se mezclen sus colores y sus líneas ya no se vean claras.
Se vuelve necesario ir a refrescarse la memoria y comprobar que su otra casa sigue existiendo.