Lo conoció en año nuevo. Era una hermosa noche de invierno en el hemisferio norte, más cálida que las demás. A pesar de la fiesta, el aire olía a tranquilidad. Todavía no entiende por qué se lo presentaron; ella tenía novio y ninguna intención de quererlo celar. Después de un rato de conversación pretenciosa, decidió que trataría de volver a comunicarse con él de alguna manera, pues con novio y todo, seguía siendo consciente de que en la vida las oportunidades de conocer gente interesante escasean. O al menos se engañó a sí misma pensando que ésta era la razón.
A pesar de no lograr comunicarse, volvieron a encontrarse de pura casualidad. Si quisiéramos que éste fuera un cuento romántico muy cliché, implicaríamos que fue gracias al destino. Pero no, simplemente tenían varios amigos en común y frecuentaban los mismos lugares, como suele pasar en la cotidianeidad.
Esta segunda vez, volvieron a terminar la noche charlando y discutiendo durantes horas sobre nimiedades, que por alguna razón les resultó entretenido. Fue creciendo de a poco la tentación en sus bocas, pero el disimulo era imprescindible.
La historia se desarrolló como cualquiera imaginaría. Ella dejó al novio, dramatizaron, se enamoraron, dramatizaron un poco más, y se separaron. Lo que interesa aquí no es el desarrollo de la historia, sino los detalles que la hacen… no exquisita, pero algo por el estilo. Como que el psiquiatra le hubiera dicho a Rebecca que Carlos había llegado a su vida para enseñarle lo que es ser amada. O las horas que pasaron riendo en casa de Carlos, siendo testigos de la curiosa relación que mantenían su perro y su lora. O que ella le escribió un poema que le hizo escapar una lágrima, la cual ella se comió, cosa que él le reprocharía más tarde. O que un día, inesperadamente, le llegó a ella una postal de desde Sudáfrica, con la foto de una leona lamiendo a su cachorro; y más tarde una desde Alemania, con imágenes de aviones, sabiendo él cuánto odiaba ella esas máquinas. Tenía un sentido del humor particular.
Meses después, habiendo pasado por idas y vueltas y caminos retorcidos, ella se pregunta si la barca de su relación tenía desde el principio un agujero por donde estuvo entrando agua todo ese tiempo, o si ella la dañó en un movimiento torpe, o si él había estado rascando el fondo para escapar; sin darse cuenta de que una vez que el agua se dejara entrar, no había forma de salir nadando.
De cualquier manera, ya no queda nada más que las estúpidas metáforas que pueda inventar al respecto, inspiradas en la vista al río desde aquél parque, al que acude todos los domingos con su lona y un mate, para terminar la semana aireadamente.
"dramatizaron, se enamoraron, dramatizaron un poco más, y se separaron"
ResponderEliminargenial!