Está en una playa en Sudáfrica, el aire es tibio y el atardecer allí colorea el cielo de un millón de tonos. El agua de mar parece de río y le llega a la cintura. Medio segundo después está acostada y se da cuenta de que la humedad que siente proviene de su propio sudor. Con mucha maña y movimientos espásticos mueve las piernas empapadas, logrando quitarse el plumón de encima.
Sin abrir los ojos es consciente de que volvió a su cama. A ese cuarto vacío como de hotel. Pero de su piel para adentro hay tanta densidad de pensamientos, sentimientos, impresiones, que casi no se puede estar.
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