martes, 5 de julio de 2011

Encuentro creativo

Tras la experiencia estresante de estar en el bar de un autolavado con hilos de historias creativas posibles y ningún papel donde anotarlas, con esa cuerda de inspiración arrojada a mi y yo sin manos para tomarla, decidí pues ir al Club a trabajar en mis textitos. No cualquier club, el Club Náutico de San Isidro, uno de los clubs más aristocráticos de Buenos Aires. Aunque, qué es la aristocracia el día de hoy? Concepto de discutible aplicación, y que debería ser problematizado, opinaría quizás Bourdieu.
Lo gracioso es que el Che Guevara era socio de este club, y, francamente, si yo manejara un club con la ex pertenencia de una celebridad como ésta, pondría de lado la ideología y le haría algún tipo de homenaje, por más pequeño que fuera, dentro de las instalaciones. Aunque sea una fotito de 7x10, mínima. Sólo por formar parte del pequeño puñado de celebridades que son conocidas en todos los países de mundo.
El punto es que vine al Club a trabajar en mi escritura y creatividad (si es que está por ahí en algún lugar), y me encontré allí con un experto en la última, mi tío y padrino. Él en su trabajo, yo en el mío, cada quien con su computadora, compartimos unos cuarenta minutos de una mesa del bar central, durante los cuales mis dedos fluyeron a través del teclado y me sentí en una extraña tranquilidad permisiva.
En cuanto se levanta y se va hacia las canchas de tenis, donde se encuentra con mis otros tíos para jugar un par de partidos todos los viernes, se lleva mi hilo de pensamiento, mi equilibrio mental y mi paciencia para llevar a cabo el esfuerzo de pulir un texto que tenía ahí colgado. Me quedé en el aire.

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