Cada vez que sueltas de tu boca tu amor, me da un escalofrío. No porque tenga miedo de tu amor, sino porque cuánto más me lo demuestras, menos me creo que te vaya a durar, más creo que me va a doler cuando dejes de sentirlo. Cuanto más fuerte, más irreal parece, más de puntitas tengo que andar, más debo abrigarme contra el invierno que me traerás cuando escondas tu sol. No hay nada que desee más que entregarme a ti totalmente. Que amarte y dejarte amar. Corazón de pollo.
Y mientras leo, se me entume; mientras te escribo, se me estruja. Mi corazón de pollo. Una cuerda gruesa lo rodea y aprieta, con un nudo deja de pasar la sangre y se ahoga lentamente. Mi corazón no puede respirar y no es porque lo asfixies, sino porque la distancia lo asfixia.
Cada vez más pienso que no importa cuánto esfuerzo hayamos puesto en conocernos, sólo somos una idea, el uno para el otro. La representación de todo lo que queremos. Del deseo de un otro comprendedor y comprendido, que hasta ahora nada ha probado que pueda ser una idea equivocada.
Tantas veces no me dejé amar y me culpé y me llamé masoquista. Pero ahora que te conozco sé que eran las personas equivocadas, que puedo sofocarme en ti y tú en mi y que puede ser mutuo.
Pero cómo saber? Cómo estar seguro de que tu parte no está ciega? Cómo saber que al corresponder tu amor con la misma efervescencia no vas a dejarme? ¿Debo guardarme y esconder mis sentimientos, manipularte, por así decir, para que sigas sintiéndome lejana e imposible, y dentro de esa imposibilidad siga radicando tu amor? ¿O debo enseñarte estas confesiones y jugarme a que me arrojes del pedestal?
Yo sé amar desde abajo y arriba del pedestal, pero cómo sé que tú también? Que no dejarás de amar cuando te veas a ti mismo ahí arriba?
No hay comentarios:
Publicar un comentario