“Tú estás en mi sangre como vino sagrado”.
Joni Mitchel
Se oía de todo. Más de tres especies de pájaros, los autos que pasaban por las calles de la esquina, de vez en cuando un avión. Por la tarde de los días de semana, se oían también los chicos que salían del colegio de enfrente; mínimo tres veces por semana se andaban peleando, chicas agarrándose de los pelos, arañazos…
Lo que quiero decir es que su ventana daba a la calle y esto la convertía en una chismosa involuntaria. Tan cerca se oía todo, que a veces podía percibir los pasos del perro del vecino, que con las patas hacía crujir las hojas otoñales de la vereda. Al asomarse veía sólo al perro, ya que la mayor parte de la reja que daba a la acera estaba cubierta por una chapa; esta información, por cierto, era suficiente para saber dónde vivía el vecino que traía al perro a hacer sus necesidades en la banqueta de Sofía… Pero esa es otra historia. El asunto es que la ventana de su cuarto daba a la reja que daba a la vereda y se escuchaba todo desde su cama como si ella durmiera afuera.
Una tarde, entre todo ese ruido, escuchó una voz rasposa, que le susurró: “Ya sé que estás escuchando”. Levantó la cabeza, asomándose a la ventana, y pudo ver sólo las piernas de un hombre, vestido de pantalones y zapatos negros. Se imaginó a sí misma en una película de terror y cómo en ése momento harían una toma de su piel de gallina y su cara de ojos y boca agigantados tres veces su tamaño normal. Su sistema circulatorio se puso en huelga. Le dejó de llegar sangre a la cabeza, así que se desmayó.
Cuando se despertó ya se había olvidado de la voz y, como se desmayó en su cama, pensó que se estaba despertando de una siesta nomás. Lo ocurrido se borró de su mente completamente y así permaneció por algunas semanas, hasta que volvió a suceder, y de pronto le volvió el recuerdo completo. Esta vez la voz le dijo: “Sabemos que estás escuchando, Sofía.” Se volvió una escultura de mármol ahí unos minutos, pero no se desmayó.
Siempre se había dicho a sí misma que el día que le pasara algo raro, no iba a hacer como las taradas de las películas que van hacia donde estaba el peligro. Pero una vez ahí… la tentación… Supuso que es como el vértigo, que siente uno la inclinación a tirarse. Así que no lo pudo evitar. Se levantó despacio, asomando la cabeza por la ventana, para encontrar los mismos pantalones y los mismos zapatos negros… pero si era un solo señor, ¿por qué hablaba en plural? ¿Estaba loco? ¿Había más como él? ¿Como él? … ¿Cómo era él?
Sofía sale de su cuarto sin hacer ruido, se dirige a la puerta de la casa. Por la ventana de la entrada echa un vistazo, no sea cosa que en realidad era todo un plan para secuestrarla o entrar a robar la casa, y hubiera un par de monos afuera esperándola con pistolas o palos y bolsas de basura, ya habiéndole tirado un anzuelo para que saliera.
No había nadie, y eran las 4 de la tarde. Nadie se arriesgaría a hacer un movimiento así de grande a plena luz del día. Así que salió y miró hacia donde debería estar este señor, que por supuesto ya no estaba, porque sino esta historia se terminaría acá. Pero dio vuelta la cabeza y ahí lo vio, del otro lado de la calle, metiéndose a la casa de enfrente, la que estaba al lado del colegio. O bueno, al menos parecía ser el mismo señor, pues toda su vestimenta era negra, como había visto del otro lado de la reja. Esta vez no vio su cara tampoco, sólo su espalda mientras se desaparecía atrás de la puerta.
Sofía miró a su alrededor, había una parejita de adolescentes sentados en un banco al lado de la escuela, una señora en la otra calle cargando más bolsas de supermercado de las que su cuerpo soportaba, se escuchaban unos perros ladrando en alguno de los patios de la otra cuadra, el colectivo que pasaba por la esquina estaba a punto de llegar y había un anciano esperándolo. Todo parecía un día normal, no había nada escalofriante en el ambiente. Era primavera y el sol hacía brillar las hojas de los árboles y daba calorcito agradable al cuerpo. Ante la apariencia inofensiva del momento, se animó a acercarse a la puerta detrás de la que se escondía el misterioso hombre. Era una casa sin mucho chiste, blanca, con una puerta de madera, un par de plantas en el patio delantero, nada que la hiciera resaltar del resto del barrio. No se escuchaba nada, daba la sensación de estar vacía. Sofía, como bien educada que es, toca la puerta antes que nada.
No tenía idea de qué llegaría a decirle al señor misterioso o cualquier persona que abriera la puerta, se moriría de vergüenza y capaz de miedo al tener que enfrentar a la voz tenebrosa cara a cara. Pero tenía el presentimiento de que nadie le abriría la puerta, así que se arriesgó. Después de esperar 5 minutos, se aburrió y decidió asomarse a la ventana que daba hacia adentro. No había nada. Nada, ni un mueble, un sillón, nada. ¿Nadie vivía ahí? Pero las macetas de afuera parecían ser regadas y cuidadas muy seguido… No había cartel de venta o alquiler… Siempre pensó que vivía alguien allí… Estaba por darse vuelta y regresar a su casa cuando vio una figura atravesar la habitación. Se sobresaltó, puesto que ya no esperaba ver algo y menos algo así: una persona cubierta de pies a cabeza en algo así como una capa larga negra con capucha roja. Parecía un Jedi del infierno.
Regresa la figura al medio de la habitación, esta vez acompañada de otra. Por la altura de los sujetos, parecían ser hombres los dos, probablemente uno sería el que la había venido a buscar. Se paran uno enfrente del otro, uno con un cuchillo, Sofía se está empezando a asustar por más soleado que sea el día y se quiere volver a su casa, pero ya no puede, la intriga es demasiada, tiene que seguir mirando, no puede sacarles los ojos de encima. El otro esta sosteniendo una copa de vino medio vacía. Sofía ve como caen varias gotas de sangre dentro de la copa. Dejan que se mezcle con el vino. A Sofía se le para el corazón y aunque no puede voltear hacia ningún otro lado, de reojo se da cuenta de que el día ya no esta tan soleado, y que la calle está ahora muy silenciosa y… ve que los sujetos se toman el vino y la sangre de la copa y luego se besan. Se aleja por fin de la ventana, pero es de noche, se da vuelta y la niebla del ambiente es tan, tan espesa que apenas y ve la reja su casa que está a 20 metros. Avanza corriendo hacia ahí para darse cuenta de que ya no es su casa, está pintada de otro color, ¿qué está pasando?
Abre los ojos y está en su cama, se asoma a la ventana y ve unos pantalones y zapatos negros alejándose de la reja.
ja! me gustó!!!
ResponderEliminar=) que bueno!
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