Lo gracioso es que el Che Guevara era socio de este club, y, francamente, si yo manejara un club con la ex pertenencia de una celebridad como ésta, pondría de lado la ideología y le haría algún tipo de homenaje, por más pequeño que fuera, dentro de las instalaciones. Aunque sea una fotito de 7x10, mínima. Sólo por formar parte del pequeño puñado de celebridades que son conocidas en todos los países de mundo.
El punto es que vine al Club a trabajar en mi escritura y creatividad (si es que está por ahí en algún lugar), y me encontré allí con un experto en la última, mi tío y padrino. Él en su trabajo, yo en el mío, cada quien con su computadora, compartimos unos cuarenta minutos de una mesa del bar central, durante los cuales mis dedos fluyeron a través del teclado y me sentí en una extraña tranquilidad permisiva.
En cuanto se levanta y se va hacia las canchas de tenis, donde se encuentra con mis otros tíos para jugar un par de partidos todos los viernes, se lleva mi hilo de pensamiento, mi equilibrio mental y mi paciencia para llevar a cabo el esfuerzo de pulir un texto que tenía ahí colgado. Me quedé en el aire.