Lo conoció en año nuevo. Era una hermosa noche de invierno en el hemisferio norte, más cálida que las demás. A pesar de la fiesta, el aire olía a tranquilidad. Todavía no entiende por qué se lo presentaron; ella tenía novio y ninguna intención de ponerlo celoso. Después de un rato de conversación pretenciosa, decidió que trataría de volver a comunicarse con él de alguna manera, pues con novio y todo, seguía siendo consciente de que en la vida las oportunidades de conocer gente interesante escasean. O al menos se engañó a sí misma pensando que ésta era la razón.
A pesar de no lograr comunicarse, volvieron a encontrarse de pura casualidad. Si quisiéramos que éste fuera un cuento romántico muy cliché, diríamos que fue gracias al destino. Pero no, simplemente tenían varios amigos en común y frecuentaban los mismos lugares, como suele pasar en la cotidianeidad.
Esta segunda vez, volvieron a terminar la noche charlando y discutiendo durante horas sobre nimiedades, que por alguna razón les resultó entretenido. Fue creciendo de a poco la tentación en sus bocas, pero el disimulo era imprescindible.
La historia se desarrolló como cualquiera imaginaría. Ella dejó al novio, dramatizaron, se enamoraron, dramatizaron un poco más, y se separaron. Lo que interesa aquí no es el desarrollo de la historia, sino los detalles que la hacen- no exquisita, pero algo por el estilo.
(1)
Rebeca era una de las tantas chicas que suelen enamorarse de hombres que no las valoran. Sus relaciones pasadas, incluyendo la de su último novio, habían tenido siempre esta dinámica; y cuando no, Rebeca las vivía como una extranjera, alguien que no está inserto en aquél vínculo.
– Se nota que sabes amar, Rebeca, pero hay algo de las relaciones sobre lo que te falta mucho por aprender. Yo creo que este chico, Carlos, llegó a tu vida para enseñarte lo que es ser amada.– le dijo su psiquiatra. Carlos se convirtió, dentro del entendimiento de Rebeca, en una deliciosa droga adictiva, perfectamente legal y segura, ya que había sido explícitamente recetada por su doctor.
(2)
Una noche estaban ambos sentados sobre su cama. Ella decidió que él merecía leer algún texto, talvez alguna carta de las que había escrito en su adolescencia. Talvez mostrarle un poco de su interior. Él descubrió algo que jamás se hubiera imaginado sobre ella. Era una romántica incurable. Ella y sus cartas de amor desnudas frente a él. Eso fue lo que le hizo dar el paso definitorio, el paso que cruzaba la línea entre la atracción y el enamoramiento.
En ese momento se le escapó una lágrima. Ella se acercó, acarició su mejilla con el pulgar, robándole la gota de agua salada, y se la metió en la boca, como si en esa gota estuviera contenido todo el amor que pudiera sentir alguna vez él por ella, y ella lo quisiera capturar dentro de su cuerpo para siempre. Pero él se sentía ultrajado por este acto, y por su supuesto que se lo reprocharía más tarde.
(3)
Otro día, inesperadamente, le llegó a ella una postal desde Alemania, con imágenes de aviones, sabiendo él cuánto odiaba ella esas máquinas. Ese morboso sentido del humor la hacía reírse de todos sus chistes, incluso los más necrófilos. Después de un tiempo de estar saliendo descubrió que algunas de esas cosas que él bromeaba con disfrutar no eran tanto chistes, sino realidades excéntricas.
(4)
En un taller de escritura le dieron la consigna de realizar varios anagramas con la palabra Barcelona, sin necesidad de contener todas las letras, y armar con ellos un cuento. Ella trató de pensar en un relato que involucrara una leona, una lora, una barca, una lona, un bar, caber, cebar, celar. Se le ocurrió que los dos elementos más complicadas de meter en un cuento que no tenga como escenario una selva ni un zoológico, los podía encontrar en la historia de Carlos; que casualmente era la que más necesitaba relatar. La leona en una postal llegada de Sudáfrica y la lora que tenía él en su casa le dieron la excusa perfecta.
(5)
En cuanto a la barca, logró insertarla en el cuento como elemento de una metáfora, que le quedó, a los ojos de sus amigos, bastante linda:
“Meses después, habiendo pasado por idas y vueltas y caminos retorcidos, ella se pregunta si la barca de su relación tenía desde el principio un agujero por donde estuvo entrando agua todo ese tiempo, o si ella la dañó en un movimiento torpe, o si él había estado rascando el fondo para escapar; sin darse cuenta de que una vez que el agua se dejara entrar, no había forma de salir nadando.”
(6)
Él utilizó el drama entre ellos como motor creativo para una canción. Una de las canciones más tristes que grabaría su banda. Y a pesar de no ser una canción amorosa, a pesar de que la hizo quedar bastante mal parada, ella disfruta presumiéndola, siendo la mejor canción que alguien le haya escrito. Un tiempo después se arrepentiría de su fascinación por los músicos, ya que las canciones terminaron provocándole más tristeza que orgullo.
En conclusión, el desarrollo de las historias amorosas no es lo que importa, pues casi todas recorren los mismos lugares, atracción, enamoramiento, drama, desencuentro, rompimientos, despecho, traición, etc. Pero son los detalles que se encuentran en el recorrido, el paisaje que adorna el camino, lo que las distingue y las embellece. Después de todo, lo único valioso que obtuvieron de aquí fue la poesía de la historia que les inspiró una canción a él y un cuento a ella.