Cuando uno se va del país, ahí sí desaparece. Las relaciones, las que terminan y las que no, desaparecen en parte. No las ves, no las sientes, no las hueles. Las personas se transforman en fantasmas de ilusión. Se disuelven en la idea que tenemos de ellas, ambigua, y probablemente divinizada, ... o, en algunos casos, satanizada.